Un periodo de detención forzada me sumergió en un estado de suspensión prolongada, un tiempo excepcional en el que las estructuras externas colapsaron y, con ellas, las internas. El quiebre de rutinas y la desaparición de los marcos que sostenían mi vida no se hicieron esperar. No se trató de un proceso abrupto, sino de una erosión lenta que fue desdibujando mis identidades y los relatos personales que me sostenían hasta dejarme sin forma. En ese desgaste apareció un territorio ambiguo, íntimo y oscuro, donde la mirada dejó de buscar respuestas y comenzó a registrar síntomas.
En ese tiempo suspendido, mientras se multiplicaban los discursos sobre la necesidad de detenerse, de cambiar, de salir transformados de la pandemia, el silencio comenzó a ocupar más espacio que las certezas. La vida cotidiana se fue desacelerando hasta volverse extraña, menos ruidosa. La ausencia de estímulos urbanos, sumada a la incertidumbre económica y a la soledad, generó las condiciones para una escucha distinta, una escucha que no siempre fue amable. Comenzó a hacerse visible la experiencia de una deconstrucción personal, atravesada por una depresión silenciosa, difícil de nombrar y aún más de reconocer, marcada por una sensación persistente de no merecer nada y por un progresivo repliegue hacia el interior.
Surgieron rituales cotidianos como formas de acceso y de permanencia. Fumar marihuana, seleccionar cuidadosamente la música, cerrar los ojos y entrar en estados meditativos se convirtieron en prácticas recurrentes para alterar mi conciencia y permitir que emergiera información. No como revelación mística, sino como un flujo interno de imágenes, recuerdos y asociaciones que ayudaron a comprender aspectos profundos del pasado, de la historia familiar y de mi propia vida. De esa aparición de sentido fragmentado, intermitente y no verbal, surgió la voz del silencio, una voz que solo fue audible cuando el ruido externo se apagó.
La fotografía, junto con la música y la escritura, funcionaron como un espacio de permanencia. No como una vía de escape ni como una herramienta terapéutica en sentido tradicional, sino como un modo de sostener la caída, habitarla y observarla desde adentro. Las imágenes no documentan un proceso de sanación ni proponen un relato de superación, sino que se sitúan en la tensión constante entre el deseo de comprender y la imposibilidad de hacerlo del todo.
La serie se aproxima a la idea de la muerte simbólica como condición de posibilidad. No una muerte espectacular ni definitiva, sino la necesidad de dejar caer estructuras, identidades y narrativas que ya no sostienen. Como resuena en Los versos satánicos:
«¿Cómo volver a sonreír si antes no lloraste? ¿Cómo conquistar el amor de la adorada, alma cándida, sin un suspiro? Baba, si quieres volver a nacer…»