A parentar

El colapso de la estructura familiar, el tránsito por un divorcio y el nacimiento de mi segundo hijo configuraron un territorio inestable donde la vida cotidiana continuó, mientras los cimientos emocionales se desmoronaban. En ese espacio intermedio, la paternidad dejó de ser un rol claramente definido y se transformó en una experiencia atravesada por una tensión constante. Cuidar, sostener y guiar a otros, mientras mi propia identidad entraba en un proceso de desarme y reconstrucción, se volvió parte de la misma experiencia. Al mismo tiempo, emergía la pregunta de cómo seguir siendo, sin desaparecer dentro de ese gesto de cuidado.

Este proyecto no surge del deseo de documentar la vida familiar, ni de construir una narrativa cerrada sobre la paternidad. Se sitúa en una zona ambigua, hecha de gestos mínimos, afectos fragmentados y espacios de tránsito, donde se vuelve visible la dificultad de parentar cuando uno mismo está aprendiendo a hacerlo consigo. En ese cruce aparece la dualidad entre el acto de cuidar y estar presente y la necesidad, a veces inevitable, de aparentar una estabilidad que internamente ya no existe, sin perder del todo el contacto con la propia voz y el propio deseo.

La serie toma forma a partir del uso de una cámara digital desechable para niños, sin pantalla. Un dispositivo limitado que se convirtió en un reflejo directo del momento vital que estaba atravesando. Fotografiar sin control, sin previsualización y sin corrección inmediata fue una manera de habitar la incertidumbre, de avanzar con lo que iba apareciendo, de aceptar no saber hacia dónde iba. La cámara dejó de ser una herramienta de dominio técnico para transformarse en una metáfora del presente, un espacio donde actuar desde la intuición y la escucha, se volvió más importante que planificar, y donde el gesto creativo permitió sostener una identidad propia en medio de las exigencias del rol paterno.

En ese proceso, la fotografía volvió a su origen como acto libre y placentero. Crear por el simple hecho de crear, por el impulso de reconectar con una fuente interna, por permitir que algo más profundo encontrara una vía de expresión. La imagen dejó de responder a una búsqueda de resultados, para convertirse en un canal donde el alma pudiera manifestarse. Fotografiar se volvió un ejercicio espiritual, una forma de no perderme del todo en las responsabilidades, de recordar que el cuidado hacia otros, también requiere un espacio de escucha hacia uno mismo.

Trabajar sin pantalla introdujo una distancia radical frente a la lógica de la inmediatez que atraviesa la experiencia contemporánea. En un contexto saturado de imágenes, donde los avances tecnológicos han reforzado la dependencia al control y a la confirmación instantánea, este proceso se convirtió en un gesto de resistencia. Volver a esperar, confiar en lo que no se ve, permitir que la sorpresa y la memoria entraran en juego. Las fotografías no confirmaron el instante vivido, lo devolvieron más tarde, transformado por el tiempo y la emoción, como una forma de recuperar el vínculo con la experiencia y no solo con su representación.

Las imágenes no ofrecen certezas ni respuestas, registran síntomas, vibraciones y restos de una vida que intenta reorganizarse mientras sucede. En esa falta de control apareció también la posibilidad de elegir, de reconocer en lo producido aquello que resonaba, y de dejar ir lo que ya no era necesario para seguir adelante, tanto en el ejercicio de la paternidad, como en la construcción de una identidad que no se diluye por completo.

La paternidad se reveló entonces como espejo y proceso. Implicó volver la mirada hacia atrás y reconocer mis propias carencias, aprendizajes pendientes y heridas no resueltas. Parentar a otros exigió, inevitablemente, aprender a parentarme a mí mismo, sin renunciar del todo al individuo que soy. La fotografía funciona aquí, como un ritual cotidiano, una forma de permanecer en el derrumbe, pero también como un espacio de afirmación personal.

Esta serie se instala en la experiencia de sostener el desequilibrio. De ver la vulnerabilidad no como algo a corregir, sino como una potencia sensible desde la cual es posible volver a habitar el mundo. Crear se volvió un acto de libertad y una manifestación de nuestra condición de seres creadores, un estado de flujo en contacto con una energía vital y creadora que opera como lenguaje del alma. En ese gesto silencioso, A Parentar encuentra la posibilidad de reconstrucción, no como un objetivo, sino como un proceso que se revela lentamente en los actos más simples de la vida cotidiana.