Entre 2002 y 2006, el territorio de Mesones entró en un estado prolongado de ruptura. La intensificación de los enfrentamientos entre antiguos frentes de las FARC, grupos paramilitares y el Ejército Nacional convirtió la vereda en un espacio de disputa constante. El minado de los caminos y la violencia sostenida no operaron como hechos aislados, sino como un proceso de desgaste que fue desarticulando la vida cotidiana y forzando el desplazamiento masivo de la población. En la vereda, más de 400 personas tuvieron que abandonar el territorio. La tierra quedó habitada por la ausencia.
Los años posteriores no trajeron claridad ni descanso. Tiempo después, sin que las condiciones fueran seguras y sin que el miedo hubiera desaparecido, algunas familias regresaron. El retorno no fue el resultado de una elección libre, sino la consecuencia del cierre progresivo de todas las otras posibilidades. Volver no significó recuperar el lugar, sino aprender a permanecer en un espacio alterado, donde cada recorrido exigía atención y cada gesto implicaba riesgo.
Durante ese tiempo, caminar dejó de ser un acto automático. El cuerpo aprendió a demorarse, a leer el suelo antes de apoyarse en él. Las mulas avanzaban primero. No como compañía, sino como una decisión cargada de riesgo. Eran ellas las que abrían el camino, las que ponían el cuerpo allí donde la tierra aún no era confiable. Esto implicaba exponer aquello de lo que dependía la vida misma.
Años después del retorno, cuando la amenaza seguía incrustada en el suelo, comenzó el proceso de Desminado Civil Humanitario a cargo de The HALO Trust. El despeje no borró lo ocurrido ni cerró la herida, transformó las condiciones de permanencia. Los caminos empezaron a abrirse lentamente y el riesgo dejó de ocuparlo todo. El territorio comenzó a reconfigurarse, no como un espacio plenamente seguro, sino como un lugar nuevamente transitable.
Este proceso fue acompañado por una acción colectiva que se fue construyendo en el tiempo. El desminado y el trabajo comunitario avanzaron de manera entrelazada, ampliando las posibilidades de permanecer y de volver. En ese mismo movimiento, la reapertura de la escuela comenzó a hacerse posible. La escuela cerrada era también un obstáculo para el retorno.
La reapertura de la escuela no marcó un cierre ni una restitución total, sino un punto de inflexión. Permitió que más familias pudieran quedarse y que otras volvieran. Condensó el sentido de un proceso compartido, en el que aquello que de manera aislada parecía imposible comenzó a ser viable cuando se sostuvo en comunidad.
Estas fotografías hacen parte de un proyecto documental más amplio, desarrollado como una experiencia documental web de realidad virtual que busca generar conciencia sobre el impacto de las minas antipersonal en Colombia, uno de los países más afectados por esta problemática en el mundo. El proyecto fue desarrollado en coproducción con La Cuarta Pared.
Puedes recorrer la experiencia completa en HALO Colombia.