La permanencia del olvido

En Andagoya, la arquitectura conserva marcas visibles de un orden impuesto. Las edificaciones que hoy conforman el paisaje cotidiano fueron concebidas como parte de un sistema extractivo que organizó el territorio desde la segregación y estableció jerarquías espaciales precisas. Aunque ese sistema ya no opera de manera explícita, sus estructuras materiales continúan condicionando la forma en que el territorio es habitado.

La serie se sitúa en viviendas y construcciones heredadas de la presencia de una empresa minera extranjera que instauró una lógica de apartheid espacial. Estos espacios fueron diseñados para el control y la separación, producidos bajo un modelo extractivo que concentró el acceso al territorio y excluyó de manera sistemática a la población local. Años después, un proceso jurídico impulsado por agentes externos al territorio retiró los permisos a la compañía original y permitió la toma de control de la empresa.

Ese cambio marcó el inicio de un vaciamiento progresivo de la operación minera. La ausencia de reinversión, el deterioro sostenido de la infraestructura y el abandono del mantenimiento condujeron a la quiebra. Las consecuencias de ese colapso fueron atribuidas a la población local, desplazando la responsabilidad de un modelo extractivo fallido hacia las comunidades afrodescendientes del territorio.

Con el abandono institucional y la retirada de la actividad minera formal, estas edificaciones comenzaron a ser ocupadas por comunidades que históricamente habían sido marginadas de ellas. El acceso a estos espacios no significó una reparación, sino una incorporación tardía a estructuras deterioradas, sin mantenimiento y atravesadas por problemáticas ambientales persistentes. Habitar aparece aquí como una forma de ocupación forzada, determinada por la necesidad y la ausencia de alternativas.

Las construcciones no se presentan como ruinas ni como vestigios patrimoniales. Son cuerpos en uso, sometidos a la humedad, al clima y al desgaste acumulado. La precariedad económica ha exigido transformaciones constantes que se manifiestan en reparaciones improvisadas, sustitución de materiales, adaptaciones estructurales y modificaciones en la distribución interna. En estas intervenciones se vuelve visible una relación directa entre sobrevivencia, deterioro y arquitectura.

La serie observa cómo la vida cotidiana interviene estos espacios y altera la memoria inscrita en ellos. La historia no desaparece, pero pierde legibilidad. Las capas de poder que organizaron originalmente estas edificaciones persisten de forma fragmentada, entrelazadas con marcas de uso, desgaste y reconfiguración. Lo que emerge es una memoria incompleta, atravesada por silencios y omisiones.

La permanencia del olvido propone entender el olvido como un proceso de acumulación material que se produce mientras se habita y se repara. La arquitectura permanece como testigo y como carga, sosteniendo un pasado extractivo que no se resuelve y que continúa operando de manera silenciosa en el presente.